Por Edgar Vásquez Acosta.
El pacto ético se convoca tradicionalmente para que los candidatos asuman un compromiso de competencia alturada, solo de propuestas y no de ataques, de evitar el descrédito verbal al otro con denuncias sin pruebas, no difamar, ni aprovecharse de los recursos públicos en el caso de los que quieren ser reelectos; pero seamos sinceros, todos estos escenarios resumen una campaña electoral promedio en el Perú, con la reverencia cómplice de ciertos medios de comunicación.
Mostrar en una mesa a los candidatos, todos juntos, sonrientes – muy hipócritas varios – y luego salir a despotricar del contrincante ante los medios insulta la capacidad del elector.
Nos hemos habituado a un estilo de campaña donde, sino escuchamos al candidato aludir o acusar al otro, no es campaña, le pedimos ‘ají’ para darle gusto al seudodebate y dejamos temas como la transparencia de egresos y gastos, hojas de vida reales y los famosos antecedentes judiciales, para quienes deseen complicarse la vida.
Después de una campaña a nadie le interesa quien hizo el fair play electoral. Solo queda en fanfarria, es otro acto insulso para los medios pues si los distinguidos candidatos tuvieran la real intención de evitar infracciones éticas bastaría con incluirlo como un requisito para su inscripción sin tanto laberinto mediático.
El pacto ético pues, no garantiza civilidad en los candidatos, el pacto no sanciona más que moralmente y aquí – denme una pausa para reírme – a nadie le importa eso.
Recordemos que un acuerdo semejante firmaron los presidentes regionales que hoy están encarcelados, el pacto ético no obliga solo exhorta y empeña la palabra del candidato, si acaso esta aún vale.
Es un papel, tal cual. No garantiza una discusión netamente programática, de ideas que no estén manchadas del tinte comercial – electoral.
AQUÍ NO PASO NADA
Ahora, por el lado del Jurado Nacional de Elecciones (JNE), recuerden su penosa decisión en la campaña del 2011 donde se decidió anular TODAS las resoluciones que emitió el Jurado Electoral de Trujillo (JEET) donde se sancionaba a organizaciones políticas y autoridades aduciendo que actuó fuera de su competencia. En buen cristiano, limpiaron a todos los partidos infractores, a los que se olvidaron del pacto ético, los que violaron el principio de neutralidad, entre otras perlas, sacrificando el prestigio del aquel entonces presidente del JETT, es decir descrédito por cualquier frente.
Culto a la impunidad, apología a la informalidad o una pésima gestión jurisdiccional ¿Así debemos creer en un pacto ético?
Autoatacarse para generar repercusión mediática, no tener reparos en sembrar denuncias contra el opositor, retirar la propaganda del rival; prácticas que avalamos con nuestro voto.
