El Reo ilustre

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Por Edgar Vásquez.

Edgard-Vásquez

No recuerdo cuando dejé de creer en las promesas, si cuando supe que Papa Noel era un invento comercial, cuando un amigo me falló o cuando vi por primera vez a un apasionado candidato ofrecer lo indecible por su pueblo y en pocos años ser vapuleado por los mismos votantes.

 

Más allá de censurar al candidato que baila, carga y besa niños, tiene una foto retocadísima en paneles publicitarios y sonríe demasiado,  la catadura moral de éstos es esa piedra que se queda en la garganta y por la cual no me puedo tragar su discurso.

 

Resulta difícil creer que de casi 20 millones de peruanos hábiles electoralmente, tengamos a 1400 candidatos con sentencias civiles y penales tentando un cargo público.

 

La ley electoral los faculta mientras estas sentencias no sean efectivas, es decir, mientras no tengan que ser encarcelados. Pero recordemos que una sentencia si bien legalmente debe agotar los recursos, ya habla de un proceso con elementos probatorios e indicios de una cuestionada trayectoria.

 

Hay para todos. Tenemos a condenados por estafa, difamación peculado, usurpación, violencia y omisión a la asistencia familiar, homicidio, hurto, falsedad genérica, colusión, malversación de fondos, estafa y otros 69 candidatos que tienen sentencia pero no precisaron porque delito, tenemos derecho a especular que tal vez exista algún candidato violador.

 

La tecnología está a nuestro alcance pero no consultamos, los periodistas están en la obligación de orientar pero un sencillo trasformado en un spot de 20 segundos aquieta su olfato fiscalizador y maquillan mejor que el estilista más veterano.

 

“Tenemos la autoridad que merecemos y no tenemos porqué quejarnos”, dicen, pero es el mediocre consuelo de quién no aprende. “Los peruanos tenemos memoria frágil pues”, espetan  los que alimentan las cuentas de delincuentes que aparecen en cédulas de sufragio. “Que haga pero que robe” sueltan otros como cierre perfecto del círculo de la corrupción. Estamos condenados pues, a vivir en la corrupción institucionalizada y a elegir al mafioso más astuto cada cuatro o cinco años. Claro una vez en el poder rezan a Maquiavelo con su consigna de que el poder no debe perderse, hay que mantenerlo a toda costa.

 

Aunque el Jurado Nacional de Elecciones deba fijar una valla  más alta para quien desee gobernar, es nuestra actitud, la ‘magia’ de oscuros asesores y la terca posición de que la corrupción es tan antigua como el hombre, la que nos condena a ser tristes espectadores de la elección del ‘ilustre corrupto’. ¡Sufre peruano!

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